Palabras de una escultura o mi discurso de graduación

Cuando tomé la decisión de venirme a Caracas a los 17 años a estudiar en la Universidad Central de Venezuela, me prometí a mi misma que sería la mejor alumna de la clase. Sinceramente no pensé que lo lograría. Pero ocurrió. Y este discurso es el que pronuncié ante mis compañeros graduandos el primero de diciembre de 2015.

Antes de este discurso había escrito dos, tan pero tan malos, que por poco le pido a alguien más que lo haga. Sin embargo, la noche antes del ansiado día, la musa vino a mí y me encontró trabajando. Después de un día agotador de cotidianidad UCVista, lamentablemente burocrática y desordenada, sabía que no podía escribir un discurso más. Tenía que ser algo que nos hiciese sentir cuánto amamos esta Casa, cuánto nos ha dado y cuánto le debemos. Y entonces salió esto, como en 30 minutos de escritura desaforada. Espero que lo disfruten.

Palabras de una escultura

Mi nombre es Anphion, vivo en la Ciudad Universitaria de Caracas, detrás del mural de Fernand Leger al que todo mundo le quiere encontrar la palabra LOVE por algún lado, toco una lira y esta es mi historia:

Hace milenios mi hermano Zeto y yo fuimos los encargados de levantar los muros de la ciudad de Tebas, en la Grecia de la mitología, como la llaman. Cada uno de nosotros tenía un don especial, por supuesto que el mío era mejor: el don de las artes; Zeto, por el contrario, poseía el don de la fuerza. Juntos íbamos levantando los muros de la ciudad para protegerla de todo invasor. Mientras Zeto, con su fuerza, levantaba las piedras una a una para formas las murallas, yo, tocando mi lira, encantaba las piedras, las cuales sin chistar me obedecían y se iban apilando un sobre otra.

Por esta historia estoy aquí, en esta ciudad diferente a Tebas, detrás del mural de Leger, porque a Villanueva[1], el Maestro, se le ocurrió que sería simbólico que mientras yo tocase mi lira, se levantasen los muros de la Ciudad Universitaria de Caracas, como un tributo al arte y a la educación modernas. De eso hace ya más de 60 años.

Hoy me encuentro con ustedes aquí, me verán mañana en su camino del Aula Magna, esa que parece que nunca llegaría, pero yo, que llevo 60 años viéndolos pasar -diferentes rostros, la misma emoción- les confieso que ese día siempre llega. Con sobresaltos y retrasos pero siempre llega. Y verlos a ustedes pasar frente a mí hoy es de las cosas que hacen a mi vida de escultura -enraizada en este suelo académico- feliz y llevadera.

Soy feliz cada vez que  puedo verlos a ustedes desfilar orgullosos con su toga y birrete camino del Aula Magna; cuando puedo mirarlos en el silencio sentarse cansados en el piso y recostarse de alguna de las columnas de Plaza Cubierta; cuando puedo ser testigo de amores universitarios y Tardes de Risas Azules[2].

Sin embargo, durante mi estadía en esta casa, que le llaman La Casa que Vence la Sombra, he sido también muy infeliz. He sufrido al ver pasar frente a mí barbaridades que no son dignas de los hijos del más grande que los arquitectos que ha podido ver nuestra tierra: Villanueva; ni del más grande de los médicos que ha parido esta nación: Vargas.

He tenido que presenciar, con miedo y desesperación, la barbarie de la destrucción de amigos entrañables, como el mural de Oswaldo Vigas vilmente quemado hace un par de años. He temido el rencor en los ojos de los perpetradores, muchachitos como ustedes, muchachitos que hoy no se gradúan y quién sabe si lo harán.

He presenciado cómo las Nubes de Calder han sido envueltas por el olor del gas lacrimógeno –arma de los cobardes- y han llorado en silencio por los ideales perdidos.

He vivido también muy solo en ocasiones, cuando ningún estudiante pasa a mi lado preguntándose quién soy. No por vacaciones… mejor dicho: por vacaciones forzadas a punta de política y economía de este pobre rico país. Cuando la universidad está en paro.

He vivido las horas de sombra de esta Casa que Vence la Sombra, las sigo viviendo.

He visto el miedo en sus caras cuando deben salir corriendo porque no saben si estarán seguros o si se trajeron el pañito con vinagre de su casa –por aquello de que el vinagre al gas es como el extintor al fuego.

He visto tanto, y estoy seguro de que seguiré viendo sin poder hacer mucho, pues no soy más que una humilde escultura, que trata de recordarles lo que Villanueva me dijo una vez: «Los gobiernos pasan, pero las obras y las ideas quedan.» Me alegra que ustedes, queridos estudiantes, hayan tenido la entereza y la valentía de luchar por lo que quisieron, no sólo durante esos cuatro años en los cuales los acompañé, sino cada vez que alguien, sin derecho alguno, pretendió quitarles lo que por derecho era suyo.

Es así que los felicito, jóvenes amigos, por plantarse frente a la autoridad sin auctoritas cuando fuere necesario, especialmente para asegurarse el derecho de pasar mañana frente a mí, en su camino al cielo de nubes coloridas que el brillante Calder elevó para ustedes.  Los felicito por vencer la sombra, incluso cuando la sombra viene desde lo interno, incluso cuando creen que no lo han hecho.

Les pido, por favor, que no olviden nunca mi historia, la que les conté al principio, pues ella nos recuerda la superioridad de las ideas por sobre la fuerza. Sean dignos embajadores de los valores fundacionales de esta casa y lleven con orgullo su máxima tatuada en el corazón: «es la Casa que Vence la Sombra, con su lumbre de fiel claridad, que además hoy se pone su traje de moza y se adorna con brisa de mar…»[3] para ustedes.

Les pido también que no olviden que esta casa pide a gritos que se vuelva la mirada hacia ella, y que desde la sabiduría todos ustedes puedan curar sus heridas; que todos ustedes se tomen el precioso tiempo de entender sus grietas, sus fallas, su llanto. Y que se tomen el tiempo, más valioso aún, de pensar en cómo repararla.

Después de todo,  después de sufrir y llorar, de trasnocharse, de ser felices, de ser profundamente infelices, después de la impotencia, después del gas lacrimógeno, después de la burocracia, después de la arbitrariedad, sólo nos queda este recinto, que no tiene ideología ni color, y que es maleable a sus deseos. Después de todo, esta casa se merece a sus hijos o eso quiero creer.

Les pido que le den forma a esta, mi sexagenaria morada, que la hagan la universidad que desean, la universidad que quizás no tuvieron, la universidad que tiene claro el concepto de justicia. Porque como reza aquella famosa historia:

Dijo Carujo: «Doctor Vargas, el mundo es de los valientes, y Vargas le respondió: el mundo es del hombre justo.»

 

[1] Carlos Raúl Villanueva, mente maestra de la Ciudad Universitaria de Caracas, campus modernista de la Universidad Central de Venezuela.

[2] Espectáculos anuales de comedia para los estudiantes de la UCV durante la semana del estudiante.

[3] Parte de una de las estrofas del Himno de la Universidad Central de Venezuela.

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3 thoughts on “Palabras de una escultura o mi discurso de graduación”

  1. Fabiola, sentada en su cama lee y una lágrima de orgullo discurre por su mejilla derecha. (Se pone de pie y aplaude).

  2. mi querida Gene bella, no había tenido la oportunidad de leer esto, siempre me he sentido orgullosa de ti, de esa inteligencia desbordante, posees un Don tan preciado, y agradezco a Dios lo bien que lo has aprovechado, pero es mas admirable esa humildad que irradia en ti, estoy segura, mas que segura de los éxitos que la vida te regalara… al igual que tu amiga, siempre te aplaudiré de pies..

    Te quiere y recuerda siempre!!!
    tu Cuñis!!! loviuuu

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